Existe una leyenda que pocos la saben, generalmente la cuentan quienes son viejos trabajadores del lugar. Resulta que había un conserje que apreciaba mucho a los animales del zoológico, especialmente a un mono que acababa de nacer. Todos los días le llevaba su alimento y le hacía muchos gestos demostrándole su aprecio. Lo abrazaba, le decía que lo quería mucho, lo trataba como a un niño. El tiempo pasó, obviamente el mono ya había crecido, y el señor se encontraba enfermo ya por su edad, pero aún así lo visitaba a diario. Cuando se iba el conserje a su casa el monito se ponía muy triste. Un día el señor no regresó, y el monito no quería comer. Todos estaban preocupados y tuvieron que alimentarlo como pudieron.
El conserje murió víctima de un paro cardiaco. Dicen que el monito por las noches lloraba, como que había presentido la muerte de su amigo. Una noche de esas, el velador cuenta que vio por la luz de la luna, una figura de un señor que se acercó a la jaula del monito y se introdujo a ella, quien sabe cómo, y comenzó a arrullar a éste, a acariciarlo y hablarle. El velador, quien no sabía que el conserje había muerto, bromeó con el conserje y le dijo: ¡oye! por qué no te lo llevas a tu casa, mira que venir tan noche- y se retiró. A la mañana siguiente, en la jaula aparecieron varios plátanos junto al monito, los encargados de alimentar a los animales bromearon con el velador diciendo: Mira, ya estás como el conserje, parece que nada más quieres a los changuitos!-. Fue el conserje que vino anoche, les ha de haber dejado esos platanitos. – Sí te vamos a creer!- respondieron, a la vez que sonreían burlonamente. El conserje murió la semana pasada, ¿a poco no sabías?. El velador, con un gesto desencajado había comprendido la situación por la que había pasado: el amor hacia los animales, y especialmente, lo que es la amistad verdadera.